15 septiembre, 2006

Carta abierta de algunos jóvenes de 2006 a los jóvenes de 1976





Ciertos berretines que nos acompañan últimamente nos han obligado a prestarle especial atención al aniversario que ocupa a la opinión pública argentina en estos días. No es lo mejor darle tanta relevancia a un día del año en particular, porque si, como se dice, todos los días son el día de la madre, todos los días de todos los años se es la madre de un desaparecido. No solamente el 24 de marzo.
De todos modos, no tiene mucha gracia resistirse al poder simbólico de las fechas, más aún si les sumamos un número redondo, en este caso 30 años.
Muchas son las voces que se levantan en estos días para dar su visión sobre los hechos y reiterar sus reivindicaciones, desde los partidos, movimientos e intelectuales de izquierda hasta la derecha ex-golpista devenida defensora de las garantías constitucionales y la división de poderes. No estamos en contra de que cada cual diga lo que quiera o lo que le conviene decir, pero sí nos resulta contraproducente que los respectivos discursos se repitan año a año sin cambios sustanciales, resultando ser una caricatura de sí mismos y haciendo que cada sector de la sociedad conserve su verdad eterna. Nos parece que una discusión basada en frases hechas no está a la altura de una cuestión de tal envergadura.
Es por eso que creemos que, si pretendemos hacer valer nuestro punto de vista, y sobretodo si queremos llevar a cabo lo que nuestras ideas políticas proponen, es necesario llevar el debate a niveles superiores de los que, por ejemplo, se dan cotidianamente en escuelas secundarias y programas televisivos.
Esto implicaría replanteos en el seno de cada sector de la sociedad, donde se pondrían en tela de juicio las líneas generales de cáda interpretación histórica.
Por lo pronto, lo que pase en la redacción de La Nación no nos interesa. Lo que sí nos interesa es lo que suceda entre los que estamos del otro lado, entre los que consideramos el 24 de marzo o el 16 de septiembre como una derrota, como un revés (ya sabemos que un análisis más profundo requiere superar un corte tan arbitrario de la sociedad como el expuesto aquí, pero a los efectos de lo que queremos decir es necesario establecer un “ellos” y un “nosotros” de cierta simplicidad) .
Y particularmente nos interesa la relación, el diálogo que se pueda establecer entre aquellos que fueron jóvenes y militaron en ésa época, y los que hoy, por así decirlo, “alzamos sus banderas”. Creemos que ésa es la piedra de toque del futuro de toda tendencia contra-hegemónica en el país.
Es esta relación la que hay que fortalecer, enriquecer, complejizar, si pretendemos que nuestras reivindicaciones comunes no sean sólo una tradición folclórica, sino una postura capaz de transformar tangiblemente la realidad.
Uno de los triunfos más rotundos de la última dictadura, equiparable a los resultados de su política económica, ha sido cortar la transmisión cultural entre las generaciones que la precedieron y sufrieron y las que vinimos después. El gobierno militar consiguió, a fuerza de miedo, sangre y números de la revista GENTE, distanciar a la generación de finales de los ´60 y principios de los ´70 de la generación que vivió la restauración democrática y por ende de las posteriores. Logró convertirla en algo lejano, extraño, casi incomprensible; logró incluso darle un rótulo para guardarla en un estante: setentistas . La efervescencia democrática de los ´80 no pudo correr la cortina sangrienta desplegada entre ella y la generación de la primera mitad de la década del ´70, y la indiferencia de los ´90 tampoco ayudó mucho para que la gente que vivió en carne propia esos años se comunicara sin rodeos con los que vinieron después.
Es así como, creemos, aquella persona que hoy en día quiera tomar como propias las ideas setentistas sufre la imposibilidad de comprender del todo a la generación que toma como referencia, y se expone a críticas que, con un conocimiento mayor, de primera mano, del período histórico en cuestión, podría rebatir sin mayor dificultad.
Pues bien, que no cunda el pánico; existen soluciones para este problema. A saber, quitarle el áurea romántica a la época y generalizar la (auto)crítica entre los que protagonizaron aquellos años y los que queremos protagonizar estos.
Lo que queremos decir con esto es que ninguno de nosotros necesita santos ni héroes sin tacha, sino personas de carne y hueso, con ideas, con aciertos y con errores, y que obra en consecuencia. Tampoco nos sirve hablar de “30.000 compañeros desaparecidos” que de alguna manera “luchaban”. Lo que sí nos sirve es saber que entre esas 30.000 personas había dirigentes políticos, obreros sindicalizados, intelectuales, artistas, maestros, estudiantes, gente que pasaba por ahí o que simplemente figuraba en una agenda; y que cáda uno tenía una praxis en particular, o ni siquiera la tenía. No queremos decir con esto que haya desaparecidos más meritorios que otros, sino que es en la generalización donde se pierde claridad y el panorama se vuelve aún más confuso.
No queremos idealizaciones; en todo caso queremos ideales y, por sobre todas las cosas, ideas.
Y para eso precisamos conocer, estudiar, sacarnos la careta, también. Por ejemplo, no sabemos si la violencia, enmarcada en un programa revolucionario más vasto, puede ser realmente útil para transformar la sociedad. Sinceramente no lo sabemos. A priori diríamos que no, más que nada porque nos parece un precio a pagar demasiado alto. Pero si ni siquiera sabemos que hubo gente que sí estuvo dispuesta a emplear la violencia, con medidas concretas como copar un regimiento, y correr con todos los riesgos que ello implicaba, no podremos planteárnoslo como posibilidad, al menos teóricamente hablando.
Se trata en definitiva de hacer valer la experiencia revolucionaria de esa generación, de evitar que se pierda entre panfletos copiados del año anterior y feriados nacionales improvisados. Porque si las experiencias pasadas no están presentes, no se discuten, no se reafirman o se refutan, no tienen razón de ser. Da lo mismo que hayan existido o que sean una leyenda.
Ya sabemos que así expuesto suena muy cruel, muy crudo, pero creemos que es un paso a dar de vital importancia si no queremos que sea desde Hora Clave que nos cuenten quién fue Santucho.
Siendo más pragmáticos, nos parece que el enriquecimiento del debate que proponemos entre las diversas generaciones de activistas y militantes sólo puede tener un balance positivo.
Por empezar, aún cuando las organizaciones guerrilleras y los movimientos obreros y estudiantiles asumieran todos sus errores, crímenes y culpas (aspiración tradicional de las opiniones de la derecha y el reformismo), éstos no tendrían ni punto de comparación, no tendrían “ni para empezar”, con el prontuario del aparato represivo estatal en sus variantes policial, paramilitar y militar. De este modo, se caería el argumento de aquellos que les endilgan a las organizaciones guerrilleras el haber derramado sangre, el famoso “muerte hubo de los dos lados”, porque si uno se hace cargo de sus defectos puede fortalecer su postura. Por otro lado, un poco de honestidad nunca viene mal.
Segundo, ayudaría a los que recién comienzan a opinar de política y a formar su ideología, a no ser tan vulnerables ante los argumentos muchas veces falaces de quienes tienen ideas opuestas o se limitan a desprestigiar sus puntos de vista con prejuicios. Aunque más no sea en una charla de café entre compañeros de clase. Y para echar por tierra la idea según la cual, si uno no vivió una determinada época, no puede opinar sobre ella por más que la haya estudiado (criterio utilizado por los simpatizantes de Patti en su cruce verbal con militantes de organismos de derechos humanos cuando el electo diputado nacional no pudo asumir por su pasado oscuro, y con el que tranquilamente se podría impugnar lo que Mitre haya escrito sobre Belgrano o San Martín).
Y tercero, no vendría mal para refutar definitivamente otros argumentos de la derecha golpista recalcitrante, como el tristemente célebre “Ni 30.000, ni inocentes”. Justamente, hay que admitir que muchos no eran inocentes, y demostrar qué tenía de bueno esa falta de inocencia. Y en cuanto al tema numérico, curiosamente tan parecido al de los 6 millones de judíos esgrimidos por los antisemitas, no tiene sentido darle la importancia que se le quiere dar. Está claro que es necesario esclarecer todos y cada uno de los crímenes de la dictadura . Pero en ningún momento el éxito cuantitativo de la represión puede ser el núcleo del problema. Es decir, la cuestión fundamental no es cuántas fueron las víctimas de la dictadura, sino que ésta tenía una agenda de reformas estructurales de la economía nacional que se impuso en base a un plan sistemático de persecución política y represión social.

En fin, esta es la idea. Surge de las impresiones que nos producen el entorno cotidiano en el que nos movemos y lo que percibimos en los medios de comunicación a nivel local y nacional. Es muy probable que todo lo que reclamamos ya se esté llevando a cabo hace rato, y nosotros ni enterados. En tal caso, sepan disculpar. Y por favor, critíquennos, insúltennos y despréciennos, si quieren, pero háganse oír.

Marzo-Septiembre de 2006